miércoles, 18 de marzo de 2020

El gallo de la Quinta da Foz

[Un pequeño relato dedicado a un gallo madrugador que nos despertó una noche que dormimos en Oporto.] 


A las seis de la mañana, el viejo gallo de la Quinta da Foz notó las primeras y tenues luces del amanecer. Abrió su único ojo sano y apuntó con él al este, al horizonte del que colgaba el puente sobre el río Douro. Presintió que ese día no sería como otro cualquiera, que algo excitante sucedería que lo liberaría de su tediosa rutina de guardián de gallinero. Se sentía mayor. A las seis y diez de la mañana, le pareció que todas las gallinas estaban despiertas ya, incluso la más perezosa, una ponedora de primera que miraba con cierto desprecio a sus vecinas de corral. Siguió cantando para asegurarse de que todas se espabilasen. "Estúpidas", pensó. A las seis y veinte de la mañana, el gallo siguió cantando, con kikirikís rítmicos y penetrantes. Miraba su ojo ahora hacia el oeste, donde todavía se confundía, negro sobre negro, la espesura del mar con la espesura del cielo. Decenas de gaviotas zigzagueaban sobre ese lienzo oscuro, locas todas de felicidad, gritando todas en anárquica sinfonía. El concierto estridente irritó al gallo: "Cantan mal". Se esforzó por emitir un kirikí majestuoso y profundo, digno de sus mejores tiempos. Las gaviotas parecieron ignorarle. A las seis y treinta el gallo siguió cantando, envidioso de las divertidas piruetas de aquellos pájaros: "Qué alto vuelan". Batió sus alas inútiles durante un momento; las gallinas cacarearon extrañadas. "Imbéciles", pensó. A las seis y cuarenta, escuchó las inconfundibles pisadas del amo de la Quinta, que arrastraba con dificultad una de sus piernas. No vio venir el terrible golpe, que le dio de lleno en la cabeza por el lado de su ojo ciego. Sintió un dolor agudo que lo hizo marearse y perder el equilibrio. Rojo sobre rojo, notó cómo chorreaba un viscoso líquido que empapaba su cresta, sus barbillas. A las seis y cincuenta, el viejo gallo de la Quinta da Foz dejó de respirar. Su único ojo sano seguía mirando al cielo, pero el iris ya había perdido, para siempre, su color miel. Decenas de gaviotas seguían chillando, saludando el nuevo día. Los primeros rayos del sol acariciaban las aguas del río: ya eran las siete de la mañana.

Israel Rodríguez.

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