jueves, 23 de abril de 2020

Céline

Sí, era ella. Los años habían conferido un barniz de madurez al rostro aniñado que recordaba. Pero era ella: los mismos ojos vivos, la misma nariz chata, los mismos pómulos marcados y redondeados, el mismo pelo lacio derramándose sobre los hombros…
A Velasco no le había resultado fácil encontrarla. Sin lazos ya con amigos comunes de la época, llegó a dudar incluso de su nombre. ¿Existías de verdad, Céline? ¿O eras Aurelie? ¿Natalie? No, no, Céline. Cé-li-ne… Un día como otro cualquiera, sin proponérselo, recordó su apellido: Levallois. Céline Levallois. Con una ansiedad febril, encendió el portátil, abrió el navegador y tecleó nombre y apellido en Facebook.
CÉLINE LEVALLOIS.
Pero todas las Céline Levallois eran demasiado mayores, demasiado jóvenes, demasiado insulsas. Entonces buscó en Google:
CÉLINE LEVALLOIS ST PETERSBOURG.
La ciudad que habían compartido con ella veinte años antes.
El único resultado de la búsqueda:
CÉLINE LEVALLOIS … ÉCOLE 74… ASSISTANTE DE FRANÇAIS… 1994… ST PETERSBOURG.
Era una web francesa de reencuentro de antiguos alumnos. Velasco no tuvo que registrarse en la página para que una fotografía en tonos sepia llenara la pantalla del ordenador. Se le encogió el corazón. Era ella. Céline…
Los recuerdos se desbocaron, como una fuerza de un millón de amperios viajando de torre en torre por un cable de alta tensión… Aquella primera vez que nos cruzamos en la residencia… Fuiste como una aparición, una damisela que flotaba sobre las baldosas del pasillo… Y aquella vez que me propusiste que practicase español contigo… Qué graciosos errores sintácticos cometías… Y aquella vez que paseamos en barca por los canales… Pero quisiste sentarte enfrente, en vez de a mi lado… Y aquella vez que te invité a cenar, y tú trajiste crêpes de postre… Qué malos estaban, Céline… Y aquella excursión en grupo a Moscú en la que tú me ignoraste calculadamente… Y la Plaza Roja se transformó en un palacio de la tortura… Y aquella vez que te insinuaste en mi cuarto, y yo, que te deseaba y te temía al mismo tiempo, fingí no darme cuenta…
Velasco leyó sorprendido el número de ciudades en las que ella había trabajado desde que se habían visto por última vez. Una ciudad cada año: Dublín, Copenhague, Edimburgo, Estocolmo, Londres… Los climas fríos y lluviosos te atraían, aunque nunca fueras capaz de echar raíces en ningún sitio, Céline. ¿Qué buscabas? ¿De qué huías, Céline?
La página estaba desactualizada, y los hitos de su biografía acababan en 2006. ¿Dónde estabas ahora, Céline? ¿Quién eras ahora? Ningún dato hacía referencia a su situación personal. ¿Te habías casado, Céline? ¿Tenías hijos? Céline…
Meditó durante un minuto, y escribió:
CÉLINE LEVALLOIS TEACHER.
¿Seguías siendo profesora, Céline? Tres resultados. El primero, un perfil profesional en LinkedIn:
CÉLINE LEVALLOIS … FRENCH TRAINER... FRENCH TEACHER.
Sí, te gustaba ser profesora, aunque tus alumnos decían que eras demasiado dura, demasiado exigente… La misma coraza que empleabas con todos aquellos que trataban de acercarse a ti, Céline.
El segundo resultado era un foro de profesores de idiomas, una propuesta de intercambio de cartas entre tus alumnos ingleses y estudiantes francófonos de otros países. Cartas, la carta, aquella carta, aquella carta tuya, Céline…
El tercero, un anuncio de clases particulares:
I AM A UK QUALIFIED FRENCH NATIVE TEACHER.
25 libras la hora. Pagaría 500, Céline, por media hora contigo, para que me explicases por qué te fuiste así, sin despedirte, con esa carta tan fría y emocionante –solo tú eras capaz de eso, Céline-, ese sobre de color pastel que dejaste en recepción, pour Velasco, ese papel que desdoblé despacio, despacio, esas frases que leí y releí, y que me dejaron conmocionado… Aquella carta en la que me pedías perdón y me perdonabas, me dabas tiempo y me lo quitabas…
En el anuncio aparecía su correo electrónico: nelicelevallois@yahoo.fr. Las sílabas de tu nombre al revés, como si jugases a arrepentirte de ti misma, Céline. Tu correo electrónico. El timbre de tu puerta, Céline.
Como un autómata, Velasco abrió su cuenta de correo, hizo click en REDACTAR y escribió aquella dirección en la ventana de destinatario.
PARA nelicelevallois@yahoo.fr.
Sus dedos acariciaban el teclado, sin saber qué escribir en ASUNTO: “Céline, te he encontrado”. Le pareció demasiado sentencioso. Borró. “Mademoiselle Levallois, bonjour!”. Le pareció demasiado jovial. Borró. “¡Céline, no me lo puedo creer!” Le pareció demasiado dramático. Borró. Al fin se decidió:
CÉLINE, C’EST TOI?
Y en el espacio reservado al texto repitió:
CÉLINE, C’EST TOI?
No quiso escribir nada más. Hizo click en ENVIAR, con el mismo miedo y excitación con que un aprendiz de mago recita un conjuro prohibido. Pero durante los minutos, las horas siguientes, deseó que aquella cuenta de correo ya no existiese. Intuía un cataclismo colosal, aunque no podía evitar revisar el correo cada diez minutos.
Quiso dormir algo, pero no pudo.
Finalmente, varias horas después, en su cuenta de correo apareció el aviso de UN MENSAJE NUEVO en la bandeja de entrada. De nelicelevallois@yahoo.fr. Eras tú, Céline.
Y en el ASUNTO:
OUI, C’EST MOI.
Eras tú, Céline. Ya no eras un brumoso recuerdo del pasado, ni un delirio del presente. Eras tú. Eras real, Céline. Estabas ahí, y hablabas conmigo.
Entonces Velasco inspiró hondo e hizo click en el MENSAJE. Cerró los ojos mientras se cargaba el texto, consciente de vivir uno de esos momentos cruciales, críticos, tras los que la vida ya no vuelve a ser la misma, pase lo que pase.

Israel Rodríguez

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