martes, 14 de abril de 2020

El Genio y el camellero

Niega tus deseos, y hallarás lo que desea tu corazón (San Juan de la Cruz).


Exactamente aquí, en este lugar, bendito sea Allah-Taala, creador de todo, benefactor de los camelleros de Arabia, el Genio salió de su prisión desorientado, aturdido tras el sueño centenario. El camellero había imaginado la fantástica aparición cientos de veces, desde el momento en el que la Lámpara se había cruzado en su camino, tres días y tres noches antes, a las puertas del Gran Desierto. Un reflejo en la arena y después la certeza de la leyenda, la esperanza de una vida sin hambre y sin sed. Pero nunca hubiese pensado que el Genio habría presentado ese aspecto frágil y desaliñado. Por eso no quiso resultarle molesto, y apuró el momento decisivo.
-Yinn... Los deseos...-su voz apenas resultó audible.
-Solo uno-. Al Genio se le notaba incómodo y desganado.
El camellero se decepcionó. Había pensado bien en cada uno de sus tres deseos, pero no le quedó más remedio que adelantar la que iba a ser su tercera petición. Habló con pausa, para no equivocar las palabras:
-Yinn... Deseo no desear nada nunca más.
El Genio prestó entonces atención al hombre menudo que aguardaba expectante, y le devolvió una mirada de sorpresa, primero, y luego de compasión. Todo fue rápido. Una cimitarra rasgando el aire. Un corte limpio en la garganta. Una muerte indolora. La sangre del camellero que empapa la arena,  una fuente que brota, un charco, un estanque, un oasis espléndido, bendito sea Allah-Taala, creador de todo, benefactor de los camelleros de Arabia.

Israel Rodríguez

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